Mujeres en acción

¿Te atreverías  a dejar tu motocicleta en las manos de una mecánica, o llevar su refrigerador dañado a una técnica en refrigeración o bien contrataría a una mujer albañil para que le construya su casa? Si su respuesta es no, conozca a estas mujeres. Quizás cambie de opinión.

Un grupo de mujeres demuestra cada día que no son para nada el “sexo débil”, y aunque no compiten con los hombres, todas las mañanas les dejan ver que pueden reparar motos, levantar muros, componer refrigeradores y hasta instalar el sistema eléctrico de toda una vivienda

Son jóvenes mujeres que entre grasa, cables de electricidad, llaves de tuercas, palas y barras, están aprendiendo una carrera técnica, que tradicionalmente ha estado considerada territorio para hombres.

Donde ellas se capacitan es en el Centro de Formación Laboral Rafael Reyes García, ubicado en el barrio Acahualinca, Managua, a pocas cuadras de una de las entradas del basurero municipal.

Es difícil no percatarse del mal olor que se cuela en el ambiente, pero los minutos pasan y como por arte de magia la nariz se acostumbra y el mal olor desaparece.

Alli se encuentra doña Rosa Cruz. Ella es la mayor de las cinco mujeres que estudian el técnico medio en reparación de motocicletas.

Tiene 45 años, durante la mayoría ha estado casada y criando a dos hijos. Junto a su cuñado es dueña de un negocio de repuestos de motos en el Mercado Oriental y cuenta que le ha costado que los hombres confíen en sus recomendaciones.

“Les cuesta ver a una mujer que demuestre que sabe más de motos que ellos”, asegura doña Rosa.

Quizá sea ésta una de las razones que la motivó a entrar al técnico medio en reparación de motocicletas, pero también esta señora de fuertes manos quiere atender mejor a los clientes que llegan al negocio.

“Al inicio la pensé bastante, porque yo misma pensaba que no era algo para mujeres, además fue una lucha con mi marido, que se alió con mis hijos, y me reclamaban el que yo estudiara esta carrera; hoy sé que si los hombres pueden, las mujeres también”, asegura doña Rosa.

Una de las compañeras de doña Rosa es Keyla Donaire, de 18 años y habitante del barrio Acahualinca. Aquí asegura que ha encontrado una carrera técnica que le asegurará su futuro.

“Es difícil, hasta los chavalos te molestan, pero al final lo que importa es cómo nos vemos nosotras en un futuro. Ya no se tiene que seguir creyendo que estos trabajos son sólo para los hombres”, afirma esta chavala. En un principio su familia vio con recelo el que entrara a estas clases, cuenta.

No muy distinta es la historia de Argelia Rugama. A sus 17 años es la primera mujer de su familia que ha decidido graduarse de una profesión. Aquí estudia para técnica en refrigeración.

“He aprendido que en estos oficios no comunes se puede demostrar a los hombres que somos capaces y romper ese mito de que las mujeres somos débiles”, apunta Rugama.

La experiencia de esta adolescente es nueva, además está segura de que ganará dinero y, aunque no sea para hacerse rica, le dará la oportunidad para lograr su independencia y autonomía.

Lo importante para ella es que su familia la está apoyando porque, según dice, “estoy haciendo algo sobre los límites, y ya no me pueden detener”

La lucha entre hombres y mujeres, donde ellos se defienden con la fuerza y ellas utilizan el ingenio, en estos talleres no tiene cabida.

Aquí reciben clases teóricas y prácticas. Aunque a los hombres les resulte más fácil levantar un motor, para Omar Sáenz, instructor de estos talleres, “las mujeres lo hacen y muchas veces mejor que los varones”.

Para Sáenz, estar de instructor en una escuela es una nueva experiencia y aún más el estar capacitando a mujeres.

“Al principio me sentía como amarrado, no me sentía en la libertad de tratar a las mujeres igual que a los hombres, pero con el tiempo fui viendo que no hay diferencias, ahora veo al grupo por igual, como jóvenes unidos que están aprendiendo una profesión”, valora Sáenz.

Aunque hoy por hoy, este instructor de reparación de motocicletas ha encontrado ese equilibrio de igualdad entre hombres y mujeres, al menos en los talleres, sí reconoce que hay una “pequeña” diferencia.

“Creo que los varones tienen una ventaja en la clase práctica porque demuestran más fuerza física, en la clase teórica generalmente las mujeres llevan la ventaja, pero están demostrando sus capacidades y esto al fin y al cabo es lo que importa”, cuenta Sáenz, quien ha encontrado como opción para apoyar a las mujeres el ponerles un varón como auxiliar durante las clases prácticas.

Los cursos que se imparten en estos talleres duran en promedio un año y el título que reciben es como técnico medio, avalado por el Instituto Nacional Tecnológico (Inatec).

“Es cierto que estos cursos tradicionalmente han estado orientados para hombres, pero este año está marcando la diferencia porque se han dirigido especialmente para las mujeres, y creemos que es un logro porque se motiva a las mujeres a buscar su autonomía y reconocimiento laboral y salarial, además de que iremos rompiendo las representaciones sociales, mitos y tabúes de que las mujeres no pueden hacerlo”, explica Daysi Rugama, directora del Centro de Desarrollo.

Otra de las estudiantes de estos cursos es Ana Páiz, una chica de 20 años y habitante del barrio La Chureca, que en pocos meses recibirá su título de albañil.

Tiene cuatro hermanos y de los cinco es la única que se está preparando profesionalmente.

En su casa funciona un centro de reciclaje, y aunque sus padres llevan casi una vida seleccionando basura en La Chureca, a Ana no la han enviado a churequear.

“Siempre me han apoyado y eso me ha motivado y dado mucho valor, además de autoestima, y saber que yo puedo romper ese eslabón en la cadena de la pobreza”, asegura Ana, quien admite que algunos amigos se le han apartado al darse cuenta de que está estudiando para albañil.

En otro espacio de este taller hay una joven de 24 años, su nombre es Juana del Carmen Roa y su meta es culminar su carrera como electricista.

Para Juana entrar a los cursos ha sido una tarea difícil, porque ha tenido que buscar el tiempo para continuar con su otro trabajo, seleccionando basura en La Chureca.

“No quiero dejar este curso, aquí estoy encontrando un campo de trabajo que me dará un ingreso y es un espacio que me está dando valor como mujer”, expresa Juana.

Los cursos en el Centro de Formación Laboral Rafael Reyes García son impartidos por maestros especialistas en carreras técnicas y que en su mayoría sólo han tenido experiencias en enseñar a hombres. Pero el centro está marcando la diferencia, impartiendo estas clases sólo para las mujeres, jóvenes y adultas del barrio La Chureca. La matrícula es gratuita y están ubicados frente al colegio Acahualinca.

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